Por Marisol Niño de Rivera Barrón |

«¡Solo Veracruz es bello!», reza una de las emblemáticas frases populares que han galardonado a este hermoso estado. Viajando con la brújula de Antequera, tuvimos la oportunidad de visitar la ciudad de Orizaba, en la zona centro-oriente de Veracruz, catalogada como Pueblo Mágico. Tenemos que admitir que lo tiene muy bien merecido. Desde la entrada, viajando desde Oaxaca, te recibe el imponente Pico de Orizaba, el volcán custodio de esta región que logra mostrarse a quienes tienen la suerte de contemplarlo desde las alturas de la carretera en la Mixteca Alta. Al ser esa nuestra ruta, tuvimos el honor de verlo majestuoso y despejado, destacando entre los cerros de la sierra mixteca. Así fue como llegamos a este territorio que nos abraza entre frondosas montañas y coloridas calles de gran riqueza arquitectónica e histórica.

Orizaba proviene de la palabra en náhuatl Ahuilizapan (o Awilisapan), que significa «lugar de aguas alegres» o «alegría sobre el agua». Y vaya que hace honor a su nombre, pues ha sido cuna de grandes músicos y artistas maravillosos que han puesto en alto a México. Es la tierra de compositores que nos dejaron las canciones con las que crecimos, como Francisco Gabilondo Soler, mejor conocido como «Cri-Cri, el grillito cantor». También de figuras de impacto internacional como el músico y poeta Agustín Lara, «El Flaco de Oro» —erróneamente llamado por algunos el flaco de México—, quien nos enamoró no «solamente una vez», sino varias, con melodías tan hermosas que hasta la mismísima María Félix cayó rendida ante sus flores y cantos.

No podemos dejar atrás a quien no era marinero, sino capitán: Gastón Garcés, quien con su rock and roll puso a nuestro país en alto interpretando La Bamba. Y en el cine de oro, ¿qué sería de las películas de Pedro Infante sin Sara García regañándolo mientras se fumaba un puro, o sin Evita Muñoz «Chachita» cuando se cortó el cabello? Imagínate, además, lo que sería no tener la voz de Humberto Vélez, el doblajista de Homero Simpson, cuyas frases lo hicieron tan popular en toda América Latina. Así podríamos rememorar a cientos de artistas; si el río Orizaba pudiera hablar, los enumeraría todos, aunque no sé si llenando el Teatro Ignacio de la Llave nos alcanzarían los dedos para contarlos.

Orizaba es un ejemplo de historia viva. Nos percatamos de que es una ciudad sumamente limpia, con un río natural cristalino que corre justo en medio y habitantes muy amables. Uno puede sentarse al lado del río en alguno de los cafecitos que se esconden en su recorrido. En mi caso, me puse a reflexionar mientras hojeaba un libro sobre las leyendas de la Ciudad de México —otra de nuestras grandes consentidas— y pensé: ¿cómo no iban a ser tan hermosas las canciones de Agustín Lara si contemplaba este paisaje a diario?

Según los historiadores, este era el paso de la realeza en la época colonial, lo que ahora se conoce como la Avenida Real. En tiempos prehispánicos, el territorio fue habitado primero por los totonacas, y sucesivamente conquistado por los toltecas, los chichimecas y, finalmente, los mexicas. Quizás nos han vendido mal la palabra «conquista», porque en este territorio ya sabían muy bien lo que era la cultura bélica.

Estando ahí, por supuesto que me acordé con cariño de mi hermosa Oaxaca, cuna de artistas y tierra por la cual también cruza un río. ¿Será que los ríos llevan el alma de los creadores? En nuestro caso, tenemos al río Atoyac, el cual pienso que ya merece ser rescatado y reconocido; Orizaba es el claro ejemplo de que sí es posible lograrlo.

Una sola crónica no basta para compartir un pedacito de la memoria de este Pueblo Mágico, pero espero que esa magia que a veces guarda escondida y temerosa por fin se muestre. Así, desde los niños hasta los abuelos, todos en nuestro México podremos vivir la experiencia de disfrutarlo y conocerlo.

Abrir una brecha digital y tecnológica no significa cerrarle la puerta a nuestro pasado, sino convivir armoniosamente entre lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Quiero despedirme con una reflexión didáctica: antes de poner una tableta en las manos de un niño, pongamos ante sus ojos una pintura de José María Jara. Dejemos que entiendan la mística de nuestras tradiciones y la fuerza de nuestra historia a través de sus trazos. Al darles primero identidad y después tecnología, les aseguramos un futuro digital en el que sabrán perfectamente quiénes son, de dónde vienen y el orgullo que cargan en su herencia.

Deja una respuesta

Trending